NUEVO MÉXICO. Ácoma. Manuel Delgado

Hace millones de años Nuevo México estaba situado en la latitud que hoy ocupa Costa Rica, es decir, era una zona tropical (más tarde el planeta giró y esa tierra se fue para el norte como si fuera un emigrante más). Era época de gigantescas explosiones volcánicas, cuyo material cubría las planicies capa tras capa, erupción tras erupción. El material más pesado de ese plasma se hundía y condensaba en el fondo y por eso cuando vinieron los gigantescos aguaceros esas capas duras no fueron arrastradas por la erosión, como sucedió con el material más suave y ligero. Por eso en Nuevo México vemos montañas planas, como si hubieran sido dibujadas con escuadra y cortadas con serrucho.

Esas lomas planas se resquebrajaron con los siglos y formaron mesas de piedra. Una de esas mesas es Ácoma o Acoma.

Supe de este nombre en la novela “La muerte viene por el arzobispo” de la escritora Willa Cather, una de las mejores novelistas y una de las mejores novelas que se hayan producido en Estados Unidos.

Me intrigó la historia de este pueblo construido sobre una de esas mesas de piedra con el propósito de defenderse de los depredadores, incluido entre ellos el depredador de a caballo que venía robarles todo y, junto a ese todo, su propia existencia como pueblo.

Ácoma es otro asentamiento de la etnia pueblo, igual que Taos, aunque está ubicada a muchos cientos de kilómetros al oeste. Es un pueblo más antiguo, pero las construcciones muestran más las modificaciones modernas.

A hambre y fuego los españoles la sometieron a comienzos del siglo XVII y construyeron un enorme templo católico de adobe que, aunque odioso símbolo de la opresión y de la desculturización, es una joya de la arquitectura colonial.

A diferencia de Taos, los inquilinos no viven en Ácoma. Ellos habitan las propiedades que se hallan al pie de la mesa. Tienen, sí, la obligación de darles mantenimiento a sus viviendas de arriba.

Ácoma es un silencioso monumento de barro (a veces, aquí y allá, encuentra un lugar la piedra laja, pero solo en los menos de los casos), con sus hornos al aire libre (igualitos que los de Guanacaste), sus chimeneas y sus infaltables escaleras de palo, instrumentos para subir a la morada de sus divinidades.

Leyendo a Willa Cather soñé con venir acá y hasta aquí vine, con el corazón lleno de ilusiones y con una plegaria de agradecimiento a la vida que me da oportunidad de fundirme con el pasado. Con Marcela Arguedas.

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