CR. La Esmeralda. Una historia. Oscar Madrigal

En días pasados Víctor Polini publicó una fotografía del Bar La Esmeralda, lugar situado en la avenida segunda al costado norte del Sagrario en la Catedral, que permanecía abierto 24 horas y en donde se reunían los mariachis, se tomaban tragos y se comía. Esa publicación me recordó una historia, porque como el mismo Polini dice, muchas veces terminábamos ahí nuestras actividades políticas nocturnas.
En cierta ocasión un compañero nos dice a un grupo como de cuatro personas que nos tomáramos y comiéramos algo en La Esmeralda. Como la totalidad erámos de una pobreza franciscana, dijimos que no teníamos plata. Pero él con una seguridad militar expresó: “Yo invito”. Nos pareció extraño, pero aceptamos.
Después de unas cuantas horas de acalorada conversación sobre cómo resolver los problemas del mundo, nos preparamos para partir y pedir la cuenta. Sin embargo, el invitante dice: “Vayánse ustedes, yo voy a quedarme un ratito más oyendo los mariachis”. Todos nos fuimos agradeciendo tan desprendida invitación.
Tiempo después me cuenta un compañero:
“Vieras la que nos hizo ese cabrón. Nos invitó a tomar unas cervezas a La Esmeralda. A la hora de pagar nos dice que él se quedará un momento más, que nos fuéramos. Y así hicimos. Pero como a los cien metros me dio ganas de fumar y me devolví a comprar unos cigarros. Cuando llego, me agarran los camareros,
_—-__Hijueputas se escaparon sin pagar la cuenta.
__El que tenía que pagar era el que nos invitó que se quedó en la mesa.
__Ni mierda, ese hijueputa se jaló sin pagar.
Tuvimos que dejar los relojes y cuanto objeto de valor llevábamos para salvar el pellejo”.
Cuando se hizo pública la gran maniobra de invitaciones, entramos en conocimiento de que había un grupo de gentes que se dedicaban a practicar tan discutida nobleza. Incluso existía una competencia entre ellos, porque había un ranking de lugares de donde fugarse era más difícil que en otros y compartían los honores de los grandes escapes.
La Esmeralda era, para estas personas, como la obtención de un doctorado en el arte de largarse sin pagar.
Cuando reclamamos al desprendido invitante, solo atinaba a reírse. ¡ Era el campeón de las fugas sin pagar!

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