CR. Los privilegiados de noviembre. Aureo López

Cuando me presenté por primera vez en los estudios de Radio Caribe, en Cartago, yo aún no había nacido. Llegué en el cálido regazo amniótico de mi madre bajo el pesado status de migrante. Íbamos expulsados de la casa de Bernardina, mi abuela paterna, a causa de las consabidas, profundas y milenarias discrepancias entre suegra y nuera.

Mi abuela decidió, en su momento, que mi padre debía casarse con “Chepa la de Anselmo”, la vecina de pelo castaño tirando a rubio, ojos verdes y cachetes rosados. Pero a Ernesto López jamás lo desvelaron las “machas” ni los ojos de ningún color que no fuera el negro criollo de mirada intensa, y terminó enredando su vida con la jovencita recién llegada a la casa de enfrente. Es posible que aquella unión “inaceptable” sin la mediación de santos y sotanas, alborotara los berrinches de mi abuela.

Cuando la convivencia entre suegra y nuera se volvió insostenible, el dueño de Radio Caribe, Francisco Lafuente, le ofreció a mi padre un refugio temporal en las instalaciones de la emisora, donde mi madre pudiera pasar tranquila los últimos días de su embarazo. Fue en aquel cuartito de paredes provisionales, donde empezaron un sábado por la mañana las contracciones que obligaron a mi padre a buscar a doña Tita Pacheco, la reconocida comadrona de la ciudad, experta en cortar cordones y amarrar ombligos. Y a las cinco de la tarde de aquel “glorioso” 16 de noviembre de 1944, entre tangos y boleros cruzados con cuñas comerciales de Cocaína en Flor y graves voces de locutores que se filtraba por el tabique, tuve que afrontar por primera vez los rigores de este mundo con tres nalgadas de doña Tita.

Así fue cómo, cabalgando por entre los vericuetos del destino, sin el recurso de las salas de parto de primer mundo que hoy nos ofrece la Caja, hace 75 años se me concedió la gracia (como a pocos) de nacer en una radioemisora. Y desde ese día me lancé a la emocionante aventura de vivir, de tejer sueños, de asumir retos, de amar gente, de cumplir años y de aceptar invitaciones “sin temor a ser feliz”, como dijo Lula.

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