CR-SUR. Don Pedro Bejarano se volvió eterno el 6 de octubre de 2012. Luis Porras

Don Pedro Bejarano se volvió eterno el 6 de octubre de 2012, ese día empezó a caminar los lugares de la memoria. Nuestro pensamiento queda con Ruá Ima, a quien recordamos siempre.

“Unos años antes de morir, a Don Pedro Bejarano Palacios, el Cacique Ngäbe, le quitaron su casa, su casa amarilla con las las paredes llenas de palabras. Siendo muy joven, el soñó de un hombre pequeñito, que, de espaldas, lo esperaba sin verlo, que lo presentía donde no estaba, y en el pasar del viento lo sabía venir antes de que fuera. Y en el sueño se iba con el hombrecito por delante para andar el monte, y en las palabras que le salían nombraba los árboles, y las matas. – Una mujer se había puesto mala, no mejoraba, no podía echar afuera la criatura. Esa fue la primera noche. – El hombre chiquitico me fue enseñando unas hojas. El mismo día en la mañana salí a buscarlas. Las encontré, iguales. Se las di a la muchacha y ligero salió la chiquilla que llevaba adentro. Ima es el dueño de esos sueños, hace más 80 años empezó a pasear por las noches entre los mismos montes que andaba despierto de día. Tiene a lo mejor cien años, pero no sabe si más o menos. A Ima lo llaman Pedro Bejarano, y los sueños que camina, y los caminos que sueña están en La Casona, un territorio indígena Ngäbe, a 20 kilómetros de San Vito de Coto Brus. – Salí de Panamá a los dieciséis años, y vine a andar por aquí, cuando no había ni ciudad, ni gente. Pregunté que dónde había tierra y me dijeron que aquí podía quedarme. Don Pedro es el Cacique de un vasto territorio, más grande visto desde dentro de lo que podría ser en algún mapa, porque la cartografía no comprende las tierras que se reclaman en los sueños. Allí vive gente Ngäbe, llamados Guaimíes por uno de esos errores históricos, como el de llamarles indios. En el camino de La Casona hay un puente colgante, abajo algunos juegan en el agua, se oyen las alegrías de los chiquillos en risas de gente mayor. Después del puente de hamaca hay un camino bordeado con filas de piedritas –las mandó a poner don Pedro-. Ima es ciego, pero en el vacío del ver a sus ojos les dio por decir, y en esa trampa se pierden los que hablan con él. A Don Pedro no se le puede escuchar la mirada sin tener la sensación de estar en frente de un guayacán, tiene la corteza llena de rendijas que dan a una oscuridad, la oscuridad donde todo fue creado, incluso la luz. La casa amarilla de Ima Adentro el guayacán sueña con devolverles sus derechos a los Indígenas, piensa con lucidez en los días que vendrán, en la lucha por la reivindicación de los pueblos aborígenes. Pero ahora su mirada habla como decir un llanto bajito, y no es la secuela de la picazón que le da en los ojos y que le irrita cada vez que se hace de noche. Es de verdad un llanto bajito -en un guayacán eso es como un aguacero-. Hace casi cuatro años, a Don Pedro le quitaron su casa. El dice que el esposo de su propia hija lo llevó a colocar su huella en un papel, con ese documento el donó su casa. Ahora el quiere su tierra de vuelta y se la niegan. Los ojos de Ima ya no sirven para ver lo que pasa afuera, están ocupados diciendo recuerdos y alistando futuros. Por eso no pudo ver cuando su yerno le cambiaba de lugar la pila y el baño, sólo cuando pudo tantearlo con las ramas de sus dedos supo que le habían puesto una cerca de alambre a sus tierras, y un día no pudo abrir la casa amarilla donde estaban los montoncitos de hierbas medicinales, porque le cambiaron la cerradura. – Yo no quiero pelear, quiero vivir con respeto, con el respeto de mi familia, ellos tienen su propia tierra, no necesitan mi casa. Quiero pensar en la comunidad, en las cosas difíciles que vendrán, no quiero sufrir por causa de mi propia familia. Don Pedro está lleno de palabras que por salir no distinguen si son dichas en Ngäbere o en castellano, y cuando canta se mueven los chiquillos bailando jekió, una danza espiral. Sopla en la cabeza de la gente una bendición de despedida. Cerca de su casa amarilla ha levantado un rancho donde piensa en la justicia para su pueblo, y no se da por vencido. De noche anda el bosque, y el suyo es mejor que el vemos nosotros, por que en el bosque de Ima los espíritus de los Dänkien –los chamanes Ngäbe- hablan el idioma de la naturaleza y piden permiso a la plantas para curar con sus montoncitos de hojas.”

Luis Porras | Proyecto Jirondai

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