CR. ¡Mierdozo sácalas! Nelson Piedra Chinchilla

EN LOS ARRABALES DE MIS MEMORIAS

Mi Padre lo construyó en el corazón de la espesa montaña, sin ser un arquitecto ni hijo de arquitecto, con sus callosas y fuertes manos y a puro ojo, hizo su obra maestra, con fuertes bejucos y piezas de madera redonda que extraía de la montaña, a las que él llamaba varas, y enclavado en resistentes horcones de durísima madera, para que resistieran por años, entretejió la hoja de cola de gallo o suita y construyó el enorme rancho o choza, que por muchos años sería nuestra morada, nuestros distantes vecinos también vivían en iguales condiciones, cuando alguien una vez perdida nos visitaba era de gran alegría, para nosotros una caterva de chiquillos desnutridos y flacos hasta la exageración.
Un día como a las diez de la mañana cuando una pertinaz llovizna se paseaba entre los rayos del sol, de la montaña adyacente, brotaron cinco hombres colorados y grandes, de cabellera colorada, venían cargados de morrales cruzados sobre sus espaldas, para nosotros chiquillos inquietos y rapaces que casi nunca veíamos gente por aquellos remotos arrabales, ver a esos señores de blondas barbas coloradas y echando humo por la boca, como los diablos que nuestra abuela Chala nos pintaba, en sus cuentos de suspenso, era algo impresionante.
Los desconocidos visitantes le pidieron agua a mi madre, quien se las sirvió en desvencijadas vasijas de plástico, una vez saciada la sed, le dieron las gracias y le pidieron les indicara el camino que por lodazales y maleza se perdía en el horizonte, yo ni lerdo ni perezoso me ofrecí para servirles de guía, y sin esperar que mi Madre diera su anuencia, ya iba en medio de los viajeros, con gran locuacidad contándoles de todo. Los encamine como quinientos metros de distancia, cuando regrese al rancho feliz por la hazaña y con un sin fin de mentiras e inventos de las novedades que había aprendido de mis nuevos amigos, que les contaría a mís hermanitas y hermanos, en la puerta de tablones me esperaba la Autora de mis días, con un mecate de nailon enrollado en su mano, y mientras me daba fuete me decía, “miérdozo zacalas a usted quien le dio permiso de irse con esos viejos, no sabe que por estos lados andan unos viejos que se le beben la sangre a los mocosos metíches como usted.”Tenía como ocho años, eran otros tiempos cuando la palabra de los Padres era ley.

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