COSTA RICA- El sindicalismo al borde del abismo. José Solano

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El desprestigio que ha sufrido el sindicalismo en Costa Rica en los últimos meses, se suma al de hace ya diez años.

El ataque de los medios de comunicación se ha exacerbado con el beneplácito, complicidad y compañía del gobierno de Carlos Alvarado, quienes han dirigido todas sus baterías contra las organizaciones gremiales de trabajadores y trabajadoras.

Es una lectura acertada y por demás honesta con uno mismo, aceptar la realidad de que los sindicatos están en sus últimas etapas de vida como formas de organización, o al menos bajo este régimen particular como operan en Costa Rica.

Es obvio que esto llegaría a ocurrir. Si se hace un análisis crítico del sindicalismo costarricense, no cabe duda alguna que el error es fácil de detectar: no hay y, pasadas las movilizaciones contra el Combo del ICE, no ha habido una estrategia clara que direccione los confusos y obnubilados objetivos sindicales, especialmente los de educación.

Aunado a esto, y de forma inherente por tanto, la consecuencia de esta falta de estrategia y de un norte, provoca que la táctica de lucha no haya servido para absolutamente nada, al menos no en los últimos meses de contundente ataque del actual gobierno que se siente envalentonado porque goza de la venia del empresariado nacional.

Critíquese esto con total honestidad, hágase una introspección franca sobre este fenómeno del sindicalismo, y poco a poco puede darse una idea de las razones que mueven a la masa a repetir el discurso mediático. ¿Cuál es el asidero de las luchas sindicales en los últimos años? ¿Cuáles son los métodos de acción? ¿Cuáles fines busca? ¿Cuál ha sido la estrategia de comunicación para legitimarse ante la llamada opinión pública? Muchas más preguntas brotan de estas interrogantes y es fundamental hacérselas. Pero nuevamente, las respuestas giran hacia un eje central: el sindicalismo se convirtió en un mamotreto rígido, desprestigiado, de “apaga incendios con manguera corta y poca agua”, que se dejó arrastrar por el propio sistema hasta llegar al borde del precipicio sin posibilidades reales de salvarse.

Si es que en los próximos meses quedará algo del sindicalismo, este deberá plantearse por primera vez en décadas una estrategia y una táctica claras. Un primer objetivo, al menos desde el magisterio, para ir recobrando un poco de credibilidad, es dirigir los esfuerzos hacia la dignificación docente (ahora debilitada y desprestigiada también por el pésimo abordaje dado en la huelga). Esta dignificación pasa por temas que han quedado rezagados, como el número de estudiantes por grupo, exceso de burocratismo inútil (como todo burocratismo), condiciones en infraestructura y recursos, vinculación local de acuerdo a las necesidades, currículum flexible y de construcción colectiva, antitecnocratismo, autonomía pedagógica y curricular y, aunque disguste, revisión de los procesos de selección docente. Todo esto implica, al mismo tiempo, un redireccionamiento del sindicalismo hacia la comunidad, fundamental para volver a legitimarlo de cara al devenir de los acontecimientos políticos, económicos y sociales convulsos.

Una nueva estrategia del sindicalismo habrá de pasar por una redefinición de sí mismo, de las relaciones sociales y políticas, así como gremiales, para levantar lo que quede de los escombros. Si el sindicato no se acerca a la comunidad, estará perdiendo su tiempo en el cerrado círculo del funcionario, tan lejano y ajeno para los sectores oprimidos a los cuales, paradójicamente, se sirve. Si no se asume, por ende, que las primeras etapas de la Revolución Industrial fueron superadas hace tiempo y que las dinámicas del capital y del estado son otras hoy en día, se sucumbirá a la derrota final y a la capitulación final.

Pero al mismo tiempo, esta estrategia debe ir acompañada por una vinculación social comunal más allá del sindicato. El educador tiene una ventaja y es que tiene un acercamiento directo con las familias y con estudiantes, y a estos sectores debe llegarles fuera de la relación laboral, esto es a través del estrechamiento de lazos políticos y sociales de persona a persona y de persona a comunidad. El sindicato, en este orden de cosas, puede ser un instrumento al servicio de, pero no el único e infalible. De esta forma, cuando las personas de esa comunidad, ahora sí identificadas con la lucha que el sindicato hace por la educación, por los mejores servicios de salud o de electricidad y telecomunicaciones, podrá sumarse al proceso en el tanto se le estará involucrando directamente. Mientras esto no ocurra, todo estará perdido.

Por ahora solo la catástrofe puede, quizás, despertar algún ápice de sensibilidad en la población y es ahí donde debe trabajarse desde ya, y no dejarle esas maniobras al pentecostalismo o al fascismo en ciernes. O se replantea el objetivo, la estrategia y la táctica, o deje morir lo que está agonizando.

Desde el estado llamado Costa Rica

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