CR-SARDINAL. La infancia. Guadalupe Urbina*

Yo nací en una casa grande de madera de pochote. Sus tablones se aserraron a mano en un aserradero que mi abuelo Emilio Acevedo tenía con su amigo Ángel Bustos en Sardinal. Las rendijas que había en las paredes entre cada tablón eran la delicia de mi imaginación y el alimento para la curiosidad acuciante de una niña crecida en la zona rural de la Costa Rica de los años 60. Mi familia era una campesina y eso que suele alguna gente llamar “pobre”. El piso de esa casa era de tierra y mis pies descalzos. Yo nunca me fui a la cama sin comer. Mamá tenía gallinas, cerdos y los patios cultivados de yuca, ñame, tiquisque, ñampí, tomates, rábanos, chile dulce, ayotes, frijol gandule, aguacates. Había árboles frutales variados: papayas, guanábanas, mangos, cococoteros, guayabas, zapote colorado, zapote mechudo, zapotillos, anonas, naranjos variados con naranja corriente, naranja malagueña, naranja agria, limón dulce, limoneros, marañones, jocotes, nances y un panal de jicotes que que cada tanto nos daba un guacal enorme que comíamos con tortillas calientes. Mis hermanos y mi padre pescaban en Playas del Coco o en Matapalo y muchas veces, había jureles, corvinas, camarones, langostas, cambutes y otros moluscos.

Mi pobreza era mas de productos derivados de la industria floreciente que se asomaba a los pueblitos a dividir entre quienes podían comprar latas de atún Sardimar, margarina Numar y llevar camisetas blanquísimas marca red point a la escuela y quienes recibíamos un trozo de carne seca salada de venado para mitigar la sed y el agotamiento que nos generaba el sol de mediodía, cuando regresábamos caminando descalzos de la escuela, a salto de mata porque la tierra estaba hirviendo bajo el sol de 36 grados celsius de las tierras bajas cercanas a la costa. Mi pobreza era mas bien la del despojo de la tierra que sufrimos cuando alrededor apareció la agroindustria arrocera y algodonera con sus agroquímicos, llenando de plagas las pequeñas parcelas orgánicas que tradicionalmente desarrollaban las familias locales que no quisieron vender o alquilar la tierra para esos grandes cultivos. Y llegaron entonces enfermedades nunca vistas, alergias, gripes brutales que mataban hombres trabajadores del campo tras varias semanas de fiebre -y no estoy exagerando-. Mi pobreza era también el sufrimiento de una madre con diez criaturas, mi padre mujeriego con muchos hijos abandonados aunque decía quererlos a todos y que nos recetaba permanentemente las descalificaciones que delante de nosotra-os le hacía a élla.

Porque yo era rica de todo lo demás, espacio para correr, contacto con animales salvajes y domésticos, las canciones y los cuentos que de tarde en tarde tocaba en la guitarra mi hermano Francisco y las que cantaban mi madre y mi padre. Yo era millonaria de ríos de agua limpia en donde iba con mis primas la Chachi y la Anita a coger camarones, para hacer sopas de camarones con arroz que llevábamos de la casa a cocinar a la orillita del río. Yo era millonaria de caminos que recorría junto a la Adilia Jácamo vendiendo cajetas de leche y de coco entre Artola y Sardinal, porque ella me pedía prestada para acompañarla. En esos viajes me contaba mil historias y yo le contaba otras tantas y ella se reía y me decía que yo era muy “ocurrente”. Yo era multimillonaria de las tardes de verano junto a mi hermano Pedro y la panda del barrio que venía a nuestro patio a los bailes que organizábamos con una orquesta de ollas viejas de la cocina, latas y botellas de vidrio y cinco centavos que cobrábamos por entrada. Juntábamos una peseta para comprar dos paquetes de galletas pozuelo y una cola Arata que repartíamos entre toda la chiquillada.

De niña cuidé cerditos, pollitos, perritos, gatitos, patitos, alcaravanes, monitos, de niña tuve la mejor escuela del mundo; mi pueblo, mi casa con el jardín maravilloso de mamá, mi familia con sus virtudes y sus defectos y la riqueza que heredé de ese tiempo prevalece en mi como una lámpara que ilumina los caminos por donde voy, me da imágenes, aromas, sonidos, filosofía de vida, una estética y unos conceptos que hasta ahora me redimen, me levantan, me hacen reír y agradecer.

Esta casa de la familia Dávila de Nuevo Colón en Sardinal es lo más parecido a aquella casa de la que ya no queda nada. (Foto del Centro de Patrimonio).

*Guadalupe Urbina, Longo Mai Buen Vivir CR

Un comentario Agrega el tuyo

  1. laumar dice:

    Hermoso gracias por compartirlo

    Me gusta

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