CR. Querido Pablo (un recuerdo). Claudio Enrique Monge Pereira

Inesperadamente ha muerto mi querido Amigo PABLO. Se escucha a menudo decir que “no existe bebé feo ni muerto malo”, pero qué va, si existen por supuesto y todos lo sabemos. Es una manera muy practicada para justificar posiciones que en el fondo solo encubren la manía de no decir la VERDAD como debe ser. En el caso de Pablo Bolaños…Pablito, sí que puedo gritar que nos dejó un BUENO y más que BUENO. Pablito y yo fuimos amigos desde nuestros años juveniles.

Nos conocimos en San José, mientras realizábamos gestiones propias de dos ticos jóvenes que estudiaban en Universidades Estatales Rusas y que se encontraban de vacaciones. Corría el año 1973 y ambos vivíamos repletos de sueños maravillosos relacionados con un futuro extraordinario para nuestro Pueblo y nuestra Costa Rica.

Un día nos encontramos en la Embajada Soviética mientras actualizábamos la visa para vivir en aquel país enorme, bello y bueno; y luego de saborear un café nuestro en ese mínimo territorio ruso de Curridabat, salimos hacia el centro de San José. Me sorprendió que Pablito anduviera en carro…y nada más ni nada menos que conduciéndolo. Ofreció llevarme hasta mi casa y yo feliz acepté su exquisita cortesía.

De camino Pablito vio a una muchacha muy bella parada al lado de la carretera y se detuvo. Luego de preguntarle por su destino la invitó a subir y ella accedió. Eran otros tiempos, y además, nosotros dos, guapos mozos de sana estampa. Yo no sabía que Pablito era “jodión”, al estilo tico de vacilar y hacer la vida más bella. Le dijo a la muchacha que yo era “francés” y de inmediato me habló en ruso. Yo le seguí la corriente y entablamos una bonita conversación en la lengua de León Tolstói; que por cierto, fue el primer noble ruso de “sangre azul” que dejó de hablar en francés delante de sus peones. Toda la nobleza rusa tenía como primera lengua para hablar entre si el idioma de Víctor Hugo y de Napoleón Bonaparte; máxime si estaban en presencia de su Servidumbre.

Llegamos hasta San José centro hablando “en francés”. Ese bello día descubrí que Pablito era un extraordinario “traductor” del ruso al español…transitando por un imaginario francés que ni siquiera Emile Zola vertió en su magnífica obra literaria. Lo cierto es que la muchacha se enamoró de aquel “francés”, y por tan genial ocurrencia de Pablito yo la pasé muy bien aquellas vacaciones veraniegas; tan lejos de Rusia y de Francia, pero tan cerca del genio pilarico de mi entrañable amigo.

Durante el resto de mi estadía en Costa Rica Pablo y yo no nos vimos más. Los días pasaron muy rápido, máxime con mi enamorada, a quien por supuesto jamás pude llevar a casa y con quien debí realizar un inmenso esfuerzo para hablarle en un español naso-gutural muy complicado pero muy parecido al que sí hablan los franceses cuando utilizan esta bella lengua de Cervantes; más o menos como pronunciaban, entre otros, Cortázar y Carpentier. Mi problema era mayor cuando ella me suplicaba que le hablara en francés corrido, porque los malabares para “suavizar” algunas palabras rusas me ponían a sudar copiosamente: “¡Es la emoción por estar a tu lado “monamur”!, le decía yo. Lo que aprendí de francés en mi querido Vargas Calvo me sirvió montones.

Quisieron nuestros destinos – el de Pablito y el mío – que nos volviéramos a encontrar más adelante en un avión sobrevolando el Océano Atlántico, rumbo a Francia para después continuar hasta Moscú. ¡Increíble … ¿No? Nada más ni nada menos que hacia las tierras galas, cuya lengua yo “dominaba” tan bien que me deparó una exquisita novia tica gracias a la genial ocurrencia de Pablito…Pablo Bolaños, mi querido amigo y entrañable compañero, a quien el destino, muchísimos años después nos volvería a unir en nuestro querido Partido Acción Ciudadana.

¿Qué pasó en París? En varios días por ahí hasta novias echamos al pie de la Torre Eiffel.

Nos trasladaron del Aeropuerto de Orly hasta un lujoso hotel llamado Frantel, desde cuyos ventanales se observaban el inmenso París y muchos campos ya labrados y otros esperando la faena. Pablo estaba en una habitación y yo en otra, y con los gastos de nuestro viaje corrían los nobles trabajadores rusos; en mi caso, los obreros de la Metalurgia, con quienes departí tantas veces en aquellas estepas de sueños y utopías.

Era temprano, y además, en Europa la oscuridad veraniega cae casi que a la medianoche o después. Llega Pablito a mi habitación y me dice que nos vayamos para el centro de París. Yo me reí porque en mi bolsillo solo tenía un pinche dolar. Pablito me muestra un hermoso billete de 100 dólares…¡casi nada!..dos grandiosos ceros más que el mío.

Bajamos al primer piso y en la entrada principal del Frantel estaba estacionado un bello Mercedes Benz amarillo…su chofer como un caballero inglés y a su lado un hermoso ejemplar de perro boxer, cuyo color hacía juego con el taxi y con la gorra del taxista.

Nos dejó justo frente a las fuentes y la Torre y se llevó 25 dólares. Yo pensaba que justo quedaba el vuelto para el regreso al hotel pero me equivoqué…se quedaron por ahí mientras pavoneábamos nuestros escasos 20 años, caminando y flechando francesas. Ennoviamos a una pareja de bellas muchachas parisienses durante esas horas y esos días. Caminamos apañados de las manos y abrazados. Charlábamos amenamente como «experimentados y curtidos» viajeros. ¿Y saben qué? Al inicio Pablito les dijo que éramos soviéticos que habíamos logrado traspasar la «Cortina De Hierro» y ahora disfrutábamos de la libertad. Yo era «ukraniano» y él «ruso», y qué amor pasajero se desató ese día en París; producto nuevamente de la genialidad espontánea de aquel pilarico tan sui géneris; valga decir, original con mayúscula.

Pasaron la primera y la segunda noche y llegó la tercera también de ensueño. Pero a la tercera hora de la madrugada debíamos regresar al lejano hotel cerca de Orly, y a pata, porque la generosidad de Pablo permitió que gastáramos todo en la vieja ciudad de los sueños, el amor y el buen vino. Duramos cinco largas horas atravesando el inmenso París, bordeando el gran río Sena y cientos de patios y predios parisienses. De camino nos saludábamos con todos los turcos que barrían los caños parisienses y hacían la limpieza. Llegamos extenuados a bañarnos, tomar la maleta y al aeropuerto.

Me dormí en una banca mientras esperábamos la llamada de la salida del vuelo hacia Moscú, y cuando esto sucedió, Pablito me dice muy risueño:

«¡Monsieur Mongé (en francés mi apellido se pronuncia MONYYÉ)…nos fuimos güevón!

¿Qué pasó durante la larga travesía por todo París troleando? ¡Se los cuento algún día con un buen vino tinto…noble para la próstata y los herrumbres internos de estas alturas, luego de tanto caminar y VIVIR!

En paz descanses Pablito…buen viaje hermano, que el barquero te lleve sonriendo. El peaje lo cancelamos hace ya muchos años!

Claudio Monge
San Isidro de Heredia
29 de marzo de 2011.

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