CR. Un par de historiadores se retaron. David Díaz-Arias

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Un querido amigo me contó que hace unos lustros un par de colegas historiadores se retaron a romperse la cara. De aquella “pelea del siglo” debía salir un historiador victorioso que, habiendo abatido al otro, se coronaría como el mejor historiador para “los mecos”.

El reto ocurrió en una mesa redonda y, como verdaderos profesionales, los colegas se dieron un mes de tiempo para entrenar y preparar el cuerpo para acabar con su contrincante. A uno se le vio corriendo todos los días por una linda comunidad de Heredia; al otro lo vieron inscribirse en un gimnasio de Tres Ríos y asistir todas las mañanas con puntualidad a alzar pesas.

Pasó el mes y a los pugilistas se les olvidó su compromiso. En adelante, solo se toparían, voltearían la cara, se odiarían, hablarían mal del otro, despreciarían el aporte de cada cual, compartirían chismes sobre el enemigo, no pondrían la producción del otro en sus cursos y se harían muecas cada vez que uno le diera la espalda al otro.

Es decir, pasaron de la masculinidad herida a la academia común y corriente.

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