CR. De escultores y masas pelotudas. Víctor Hugo Fernández

A pesar de que algunos levantan la voz y consideran una ofensa, una falta de respeto, un desconocimiento total y hasta falta de agradecimiento cuando otros como este fraile nos atrevemos a recorrer el Boulevard San José -en mis tiempos de juventud conocida como la Avenida central- y comentamos quizás no de manera favorable y complaciente la muestra de piezas monumentales que muchos llaman arte y otros tantos, esculturas, voy a comerme esa bronca y decir lo que pienso e ilustrar mis comentarios.

No se trata de ser irrespetuoso porque no lo es quien discrepa o quien mira con criticismo y asume una posición que intenta fundamentar. Tampoco carece de sentido la voz en apariencia solitaria de quien se aleja de los criterios laudatorios de la generalidad. Tampoco siento envidia porque no trabajo ni la piedra, ni el mármol, ni el bronce, solamente intento trabajar la palabra y les aseguro que siempre trato de que cuando lo hago, alejarme de los conceptos decorativos de la palabra bonita, de lo bello per se, que igual se mira bien inserta en un basurero urbano como nuestra avenida o en una avenida de primer mundo, como pudiera ser la 5ta avenida de ese infierno cosmopolita llamado Nueva York.

Soy malagradecido porque recorro ese boulevard iluminado y contemplo con reservas esas piezas bonitas, bien acabadas, lisas como las nalgas de un bebé que no me provocan nada, ni siquiera admiración. Bueno quizás lo sea. Soy ignorante porque al mirarlas no percibo ese primitivismo indígena Cabécar del que tanto hablan los entendidos, muy probablemente. Pero es que hay una limpieza, un refinamiento complaciente, una ausencia de vinculación con la esencia de una tradición indígena cuyas intenciones se han modificado sustancialmente para devenir en formas de un gigantismo avasallante pero inexpresivo. El hieratismo que encuentro es el principal componente que me mueve a no sentirme conmovido. Puestas en cualquier dirección, no hay contacto con la luz para completarse, simplemente se acomodan a los espacios disponibles en lugar de desafiarlos. Y Van bien frente a un restaurante de comida rápida, como frente a una heladería o una tienda de baratillos y piezas de mala calidad.

El escultor de la empanada grasosa en el mercado central, el gurú que recorre la ciudad y le cuenta a la empobrecida prensa cultural sus desvaríos sobre una ciudad que será la suya, pero que no es nuestra ciudad, una prensa cultural que no lo cuestiona, sino solamente registra sus ocurrencias y lo ensalsa, qué fácil hacer arte y abrir camino de esa manera.
Nunca he sido proclive a la obra de Jiménez Deredia. En un país con tantos escultores maravillosos, la Municipalidad de San José y su alcalde, un gobierno sin políticas culturales y dado al oportunismo mediático, se unen para celebrar una propuesta monumental y bulliciosa. Si hubo curadores para esta propuesta, que viene a ocupar espacios públicos luego de aquella de las vacas, tan célebre como olvidada, uno habría esperado que se abrieran esos espacios a una nuestra colectiva que exhibiera lo mejor de la escultura nacional, con estaciones bien marcadas, como en un peregrinaje de asombro y descubrimiento de un arte completamente vinculado a las materias autóctonas como maderas y piedras porosas, entre otros. Algunas incluso moldeadas y luego ajustadas a mano y con color. Algo alguna vez se intentó en La Sabana sin mayor trascendencia.

Ayer recorría la Avenida, el mal llamado Boulevard y me quedaba mirando la exposición y muy especialmente a la gente interactuar con lo expuesto. Me quedó claro que son excelentes espacios para fotografiarse, para hacerse selfies, para darles vuelta sin entender nada, para pasar la mano sobre sus superficies, sin sentir nada más que un frío entibiado por la luz del día y nunca porque posean calor interior. Contemplé incluso a un ciego acariciarlas y verlas desde su tiniebla iluminarlas en su interior, pero caí conmovido ante la acción de ad-Mirar y no por la obra misma objeto de tal acto de esfuerzo exquisito.

Se trata de propuestas complacientes, bonitas y bien acabadas que no bellas; contrastan con los feos edificios que las rodean y en algunos casos calzan perfectamente, tanto, que si los dueños de esos espacios las encargaran en formatos más reducidos y las ponen junto a sus edificios o dentro de ellos, se verían admirablemente bien, porque son abrumadoramente decorativas. Algunas hasta hacen juego con la rotulación comercial que las flanquea como POPS o E-KONO, aunque ellas de E-kono no tengan nada, sino probablemente resulten K-ronas.

No soy crítico de arte, no pretendo serlo, solo quiero leer lo que se me pone al frente y tratar de hacerlo bien, fundamentado en mi propia estética del gusto, amparado en mi conocimiento personal, en mi intuición y en mi determinación a la provocación.

Ví a una paloma cagarse sobre una de las obras en exhibición y ninguna autoridad detenerla, mañana llegará un empleado municipal y seguramente con un trapo húmedo eliminará la impune intervención de la paloma, que se escondió en el anonimato de todas las demás que sobrevuelan ese territorio urbano.

Luego de un rato me marché a almorzar en Rayuela, a un costado de la Plaza de la Democracia y para cuando llegué allí, ya había olvidado a aquellas mujeres y figuras monumentales, sin embargo, recordaba a la gente girando en torno a ellas, tomándose “selfies”: familias, parejas, personas solas fotografiándose frente a aquellos enormes souvenirs, al ciego recorriéndolas con los ojos de las palmas de sus manos, mientras lo miraba y lo fotografiaba, buscando su vibración emocional que nunca llegó o percibí; esas cosas las recuerdo incluso hoy mientras escribo, pero no recuerdo ya las obras, solo veo bultos enormes de materiales ocupando espacios urbanos, atrayendo la atención del pasante que intuye algo ocurre, pero los objetos mismos no lo cuentan.

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