CR-SANTUARIO QUETZALES-Daniel Soto Ortega. Cuando nos aprestábamos a devolver las cenizas a la madretierra, recibimos la visita de un colibrí. Edgar Mora Guerrero

 

 


La tierra del más grande poeta costarricense, Jorge Debravo, Santa Cruz , en las laderas del Volcán Turrialba en un pueblito aún más pequeño llamado Las Virtudes, se encuentra el “Santuario Los Quetzales”. Es un pedacito de esa montaña que conserva la prístina energía de la Madre Tierra merced al cuidado amoroso de Edison Valverde su familia y amigos que, con sus manos han ido creando un lugar para la meditación o simplemente para estar allí y sentir esa relación indisoluble con la naturaleza que, solo nuestra mente nos ha hecho creer que somos seres separados de ella.
Una casita de madera, un círculo ceremonial hecho de piedras, un pequeño bosque lleno de árboles de roble añosos de los que cuelgan los musgos y las epífitas decoradas del constante rocío, un soto de palmitos de altura, obra de Abel Ulloa, un sabio campesino que ha querido heredar para los tiempos por venir una muestra de estas esbeltas palmeras de color morado, que eran las delicias de la comida de Semana Santa y por eso estuvieron al borde de la extinción.
Allí llegamos un domingo de febrero del año 2019, jadeantes después de subir una empinada cuesta de más de un kilómetro, para depositar las cenizas de nuestro compañero, amigo, hermano, Daniel Soto Ortega. Nuestro querido Daniel, ese gran luchador social, defensor del ambiente, había abandonado su cuerpo físico el primer día del año, era su deseo que las cenizas quedaran en el lugar que tanto amó, la familia se dispuso realizar una ceremonia muy íntima, con el concurso inmenso de Edison y Rebeca sus más cercanos amigos, en mitad de la ceremonia, cuando nos aprestábamos a devolver las cenizas a la Madre Tierra, recibimos la visita de un colibrí que se acercó cuatro veces al grupo allí reunido y se quedaba mirando atentamente. De inmediato recordé la leyenda maya del colibrí.
“Los mayas más sabios cuentan que los Dioses crearon todas las cosas en la Tierra y al hacerlo, a cada animal, a cada árbol y a cada piedra le encargaron un trabajo. Pero cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie encargado de llevar sus deseos y pensamientos de un lugar a otro.
Como ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y con ella tallaron una flecha muy pequeña. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y la pequeña flecha salió volando. Ya no era más una simple flecha, ahora tenía vida, los dioses habían creado al x ts’unu’um , es decir, el colibrí.
Sus plumas eran tan frágiles y tan ligeras, que el colibrí podía acercarse a las flores más delicadas sin mover un solo pétalo, sus plumas brillaban bajo el sol como gotas de lluvia y reflejaban todos los colores.
Entonces los hombres trataron de atrapar a esa hermosa ave para adornarse con sus plumas. Los Dioses al verlo, se enojaron y dijeron: ‘si alguien osa atrapar algún colibrí, será castigado’. Por eso es que nadie ha visto alguna vez a un colibrí en una jaula, ni tampoco en la mano de un hombre.
Los Dioses también le destinaron un trabajo: el colibrí tendría que llevar de aquí para allá los pensamientos de los hombres. De esta forma, dice la leyenda, que si ves un colibrí es que alguien te manda buenos deseos y amor.”
Para este pequeño grupo que estábamos allí reunidos bajo un árbol de roble que debe llamarse “Daniel” en su honor, recibimos de esta ave divina cuatro mensajes de Amor y buenos Deseos y nosotros se lo multiplicamos por millones para la paz de su nuevo estado.
Gracias a la familia Soto Ortega y muy especialmente a Beatriz, por hacerme parte de este acto verdaderamente solemne.

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