CR-SAN RAMÓN. Fabián Calvo Zamora, el héroe de la navidad. Paul Brenes Cambronero

Recuerdo la clara sentencia que mi padre enunciaba cada mes de noviembre: “el 23 de noviembre, rompen los nortes”…
Esa frase se refería a que años atrás, cuando aún no se hablaba de cambio climático, la época lluviosa empezaba invariablemente el 15 de mayo, y con la misma puntualidad terminaba el 15 de noviembre. De igual manera, a finales de noviembre, los “nortes”, como acostumbramos llamar a los vientos alisios, rompían con furia, soplando intensamente, arrastrando hacia el sur del hemisferio, las nubes cargadas de agua. Así, era como oficialmente entraba el verano y en San Ramón, los niños y los grandes de la época, lo disfrutábamos a más no poder. Era el preludio de la época navideña y todos empezábamos a pensar en lo que queríamos que nos trajera el niño, por eso, corríamos entusiastas a las vitrinas, ya fuera de la “Tienda La Reina” del recordado Pepe Valenciano, en el costado sur de la parroquia o la otra tienda de moda en San Ramón: la “Tienda Marielos” de otro ramonense que todos recordamos con mucho cariño, don Rafael Mora Bustamante, recién fallecido, para ver los juguetes en exhibición. Pararse frente a esas vitrinas repletas de juguetes, era entrar en un mundo de fantasía y de anhelos, pues todos asumíamos que se trataba de pedirle al niño lo que más nos gustaba y de esa manera la espera de la nochebuena se hacía interminable, pensando que de todos aquellos juguetes, alguno amanecería a los pies de nuestra camas el día de navidad.
Las escuelas organizaban la fiesta del niño, cierre oficial del curso lectivo y entrábamos de lleno en una temporada pletórica de actividades, a cual más de sublime, según lo recordamos ahora. La espera de la navidad la vivíamos encumbrando barriletes hechos en casa, jugando largas horas a los trompos o a las bolas de vidrio y también nos hacíamos de unos colones en la consabida experiencia del cafetal, al que íbamos entusiastas en los días en que a nadie se le había ocurrido inventar los doscientos días lectivos.
Todo eso que relatamos atrás, era el preludio de la navidad del San Ramón frío y ventoso de nuestra infancia, pero hubo también cosas inolvidables, que aún en estos días nos hacen evocar la navidad en forma profunda..
Resulta que todos corríamos a ver cuando don Fabián Calvo iniciaba la inverosímil tarea de subirse lo más alto del “árbol de la iglesia”, como llamábamos a la vieja araucaria que plantó al costado sur de la parroquia, doña Erminda Vega Castro, allá por 1910, y que para finales de los 50’s y principios de los 60’s era un gigante que sobrepasaba en altura las torres de la iglesia, con unos cuarenta metros aproximadamente de elevación. La tarea de don Fabián consistía en colocarle al árbol luces multicolores, que una vez encendidas, lo convertían en el árbol de navidad más alto del que tengamos informes. Ver este árbol desde La Cima, conjunto de cerros que dividen a San Ramón de su vecino Palmares, era algo impresionante que se nos metía por las retinas y llenaba de asombro nuestras mentes. El árbol de navidad que don Fabián Calvo Zamora nos regalaba a los ramonenses, reinaba solitario en el valle que aloja a la ciudad de San Ramón y a sus distritos más cercanos y era motivo de admiración, para miles de personas que venían a verlo desde otros poblados o, simplemente, para los que pasaban por La Cima en las frescas y ventosas noches de diciembre.
Don Fabián duraba largos minutos llegando a la copa de la araucaria, mientras cientos de ojos expectantes, miraban desde abajo, a la vez que conteníamos la respiración. Finalmente llegaba a lo más alto del árbol y se amarraba al árbol con su cinturón de seguridad y empezaba la tarea. Don Fabián era, además un destacado funcionario del ICE, por lo que tenía un gran conocimiento sobre la tarea que realizaba.
Desde abajo un ayudante, le iba pasando, por una larga cuerda que había subido al árbol amarrada a don Fabián, las largas filas de luces de colores que finalmente adornarían aquella maravilla.
Nos cuenta el mismo don Fabián, que desde muchos días antes, iniciaba la preparación de las luces, con largos cables eléctricos a los que se adherían cuarenta bombillas de varios colores. Se preparaban aproximadamente treinta acometidas luminosas, con grandes bombillos, las que iban subiendo, una a una, para ser extendidas en forma uniforme por todo el árbol, trabajo que hacia nuestro héroe desde los más alto, hasta colocar las 1200 bombillas.
– Hay que ver como se hacía uno allá arriba, cuando soplaba el viento, – nos cuenta don Fabián-, recuerden que en aquellos días el viento que hacía era tremendo, por dicha yo estaba bien amarrado al árbol y así poco a poco iba colocando las bombillas.
También nos cuenta don Fabián que la primera vez que iluminó el árbol fue en 1958, tarea que repitió durante varios años, a mediados de los 60’s.
Para los que tuvimos la fortuna de ver el árbol de navidad que don Fabián Calvo Zamora, en un acto de extremo valor y de amor por su pueblo, nos regalaba cada navidad, constituye una gesta única, que nos ha permitido a los largo de todos estos años ver esta época navideña como una temporada de lindas cosas que unían al pueblo y lo convocaba cada noche al parque y a los alrededores de la iglesia para presenciar aquella obra maravillosa.
Gracias don Fabián por los bellos recuerdos navideños que plantó en mi mente. Estoy seguro que este agradecimiento lo comparten conmigo miles de ramonenses. ¡¡ Feliz Navidad !!

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