HUNGRÍA. Los chalecos amarillos húngaros toman Budapest contra la “ley de la esclavitud” de Viktor Orban.*

Manifestación antigubernamental en Budapest, Hungría. ZOLTAN BALOGHEFE

No les mueven las mismas cosas que a los ‘chalecos amarillos’ franceses, pero la mecha de la protesta callejera ha prendido también en Hungría y su primer ministro, el ultranacionalista Viktor Orban, parece no contar en esta ocasión con muchos cortafuegos. Por primera vez desde que llegó al poder en 2010, el “niño bonito” de la derecha populista europea, el ‘David’ con agallas dispuesto a retar al ‘gigante’ de la Unión Europea, está solo. Toda la oposición parlamentaria, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, pasando por el ala independiente y los partidos minoritarios con componente étnico, se ha unido contra él en apoyo de las grandes manifestaciones que desde hace varios días recorren las calles de Budapest.

“Todo lo que quiero estas Navidades es democracia”, reza una de las muchas pancartas que pueden leerse en esas concentraciones. El pulso social contra Orban es por una ley que prevé ampliar el número de horas extraordinarias al año de las 250 actuales a 400, a pagar a lo largo de un trienio. Eso significaría ampliar de 40 a 48 horas la jornada semanal, es decir trabajar seis días a la semana. Todas las fuerzas sociales y políticas se refieren a esa norma como la “ley de la esclavitud”.

Nada es capaz de movilizar tanto a la gente como el recorte de derechos tangibles, los que afectan a su día a día, aunque esta ley habla de cumplimiento voluntario y, en comparación con otras hazañas Orban -como la acumulación de poder, sus ataques a la Justicia, a la libertad de prensa o sus atropellos continuos a los principios y valores de la UE- tenga menos miras. Orban es capaz de meterlo todo en el mismo saco y culpar del incendio en el asfalto húngaro a su pirómano favorito, el magnate estadounidense de origen húngaro, George Soros.

“Es la primera vez que toda la oposición se une contra Orban”, declara Gabr Gyori, analista del ‘think tank’ Policy Solutions, con sede en Budapest. Y no sólo la oposición, dispuesta a aprovechar cualquier error en política nacional del omnipresente Orban para mejorar sus opciones en las elecciones parlamentarias de la próxima primavera, sino que también hay descontento en las filas del gubernamental partido Fidesz.

Según una encuesta del Instituto Republikon, de tendencia liberal, el 63% de los seguidores de Orban desaprueba la “ley de la esclavitud”, mientras que la cota de rechazo entre sus críticos es del 95%. “Las condiciones laborales en Hungría han empeorado sobremanera”, sostiene Laszlo Kordas, líder de la Confederación húngara de Sindicatos.

Para Kordas, la “ley de la esclavitud”, aprobada con la mayoría del Fidesz el pasado día 12, amplía el poder del empresario sobre el trabajador, especialmente en el caso de las multinacionales, dado que la norma, entre otras cosas, permite al empleador firmar contratos individuales a espaldas de los sindicatos.

“El Gobierno no protege ni respeta a los trabajadores”, afirma el vicepresidente de la Unión Sindical Húngara, Tamás Székely. “Vamos a organizar huelgas y luchar contra la ley desde todos los puestos de trabajo. No vamos a permitir la introducción de la esclavitud en Hungría“, amenaza.

El porcentaje de desempleo en Hungría es de apenas el 3,7%. Pero no porque la economía húngara sea boyante. Más bien por las hordas de trabajadores que exporta el país a otros territorios europeos, sobre todo a Alemania, Austria y Reino Unido. “Orban es visceralmente contrario a la inmigración pero no hace nada para evitar que los húngaros emigren. Nuestra sociedad es como un pantano que se seca”, resalta el analista de Policy Solutions.

En opinión del parlamentario del grupo socialista Ildikó Borbély Bangó, el “Gobierno ha convertido Hungría en la chabola de Europa, cada año que pasa somos más pobres”.

La oficina europea de estadísticas (Eurostat) le da la razón. En sus datos más recientes, publicados la semana pasada, Hungría apareció por debajo de la media europea en estándares de vida. Así y según el PIB, el indicador más importante y común que mide el nivel de vida en un país, Hungría está en el puesto 23 de los 28 Estados que aún integran la UE. Cuando se trata de consumo, sólo Bulgaria supera a Hungría en el ámbito de la UE.

“Estamos hartos de la política opresiva del Gobierno. Ningún Gobierno debería restringir los derechos fundamentales del pueblo”, sostiene la diputada liberal Anett Bösz, a lo que su colega y vicepresidenta del grupo parlamentario de los Verdes, Márta Demeter, acusó al Gobierno de “servir a los intereses de las multinacionales”. Hasta el aliado de Orban en política migratoria, el partido de extrema derecha en reconversión al centro, Jobbik, se ha alzado a favor de los trabajadores húngaros y contra una ley que le impedirá ejercer los derechos que le da la cultura y tradición judeo-cristiana, descansar y disfrutar de la vida familiar. La cúpula de Jobbik ha pedido incluso la celebración de un referendo, mientras que la Iglesia católica insiste en mantener el carácter no violento de las protestas, que, soterradamente, también apoya.

De nada ha servido hasta ahora el discurso de Orban contra “los criminales” que atizan las protestas, en clara alusión a Soros, cuya fundación tiene ahora Berlín como sede y desde donde ha negado tener cualquier vínculo con las manifestaciones, sobre las que los medios controlados por el Gobierno apenas informan. No fue por ello casual que una docena de diputados se encerrara en la sede de la cadena pública MTV en señal de protesta y para exigir la lectura de un comunicado contra el Gobierno. Dos de ellos fueron expulsados con violencia este lunes por los agentes de seguridad de la televisión. El resto sigue allí. En la barricada, alimentando la mecha contra Orban.

*ElMundo.ES

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