CR. La ternura: un movimiento político. Ana Gabriela Massey

No es ninguna novedad afirmar que somos un país polarizado. Más o menos podría decirse, que estamos atascados entre el moralismo punitivo conservador oportunista y la resistencia progresista, grupos que entre sí, también presentan fisuras, desacuerdos, divisiones y matices.

Entre bandos nos hemos centrado en atacarnos, muchas veces sin argumentos científicos y sólidos, pero sí, con irrespeto, groserías, palabras soeces y odio… mucho odio.

En medio de esta hecatombe, hay un hombre, si, ¡un hombre!, quien a riesgo de todo, irrumpe entre bandos y propuso hacer un alto al fuego, a través de la ternura. ¿Háyase visto osadía más grande que ésta?

Como ya sabemos, llovieron los memes, las descalificaciones, las reacciones patriarcales de aquellos hombres (y algunas mujeres) a quienes su estructura no les permite mostrar ternura, o más bien, les paraliza sus miedos arraigados, ante el mandato ancestral de mostrarse siempre fuertes e infalibles, es decir, machos (machas) y cabríos (o cabriadas).

Es que como sociedad hemos naturalizado tanto la violencia, la grosería, el trato patán, la maledicencia y el choteo. Hemos intentando construir país, a través del individualismo, la competencia brutal y el canibalismo. En medio de esta moral consuetudinaria, de repente alguien despliega una propuesta de una moral distinta; claro, no es extraño que nos parezca raro, inaceptable e incomprensible, y nos defendamos del miedo con burlas, chistes y chabacanería.

Aun así, el mensajero de ternura persistió e insistió. Era cuestión de tiempo. De pronto, un día cualquiera, se escucharon tímidamente voces… de tanto que oyeron hablar de la ternura, de repente se abrió un impase en el alma colectiva y “alguienes” empezaron a rumiar en su fuero interno… ¿ternura? ¿por qué no?

Así poco a poco, alguien más se animó, después otro más, otras, otros y otres más. Esta lejana, ajena, extraña, nueva y osada moral, empezó a crear una especia de cohesión en el delicado tejido social, y más personas se animaron a confesar: “yo también quiero ternura” (por decirlo de alguna manera)

Les confieso algo, siempre tuve miedo de decirlo, pero yo también necesito ternura, lo que implica que también quiero dar ternura. Si, ¡ternura! Y no bastándome y para colmo, le añado eso que alguien me enseñó, “ternura radical”: esa que es crítica y amorosa al mismo tiempo, esa ternura radical que “es entender cómo utilizar la fuerza como una caricia”, esa ternura radical “que es creer en el movimiento político de los movimientos internos”.

Cuando algo se nos mueve adentro, irremediablemente, algo cambia afuera. Sin duda algo en nuestra moral colectiva ha cambiado. La ternura, como movimiento interno, desembocará, irremisiblemente, tarde o temprano, en un cambio social y político.

Tal y como apuntó el autor del mensaje de ternura (conocido como #Ternurita):
“SI LA POLÍTICA NO MORALIZA, NO ES NADA MÁS QUE UNA OPORTUNIDAD PERDIDA”

#SoyTernurita ❤️❤️

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