CR. ¡Qué hijos de la chingada! David Díaz-Arias

Eran las diez de la mañana y me apuré para cumplir con lo pactado. Tenía que visitar un barrio desconocido al sur de la capital, para ser testigo de una donación de unos muebles antiguos que un buen amigo, al morir, había heredado a una institución de educación primaria. Era la primera vez que veía aquella casa antigua, dicen que antes muy alegre, pero ahora muy sombría. Los dos pequeños pero viejos perros y el astuto gato se veían muy tristes, reflejando un fuerte luto que, en serio, se podía hasta respirar.

Apenas han pasado tres meses, me dije dentro de mi al abrir el portón. El abogado estaba ya allí, sentado a la mesa, explicándole a otros dos hombres de unos sesenta años los términos del testamento. Saludé al notario y me presentó a los otros dos:

—Don David, este es Raúl, director de la escuela que recibe la donación.
—Mucho gusto don Raúl.
—Y él es Joachim, el amigo de don Rafa.
—Mucho gusto don Joachim.

Joachim levantó su mirada muy cansada y abatida y me dio la mano.

—Lo siento mucho Joachim; don Rafa era un gran ser humano que dejó una estela de luz por donde pasó.

Joachim no aguantó y lloró y ante su imposibilidad de dejar de sollozar se disculpó con un movimiento de manos y se retiró a un cuarto contiguo.

Firmé el recibido, le di la mano al maestro y abogado y le dije a este último:

—Por favor despídame de Joachim. Y otra cosa; la próxima vez no tenga miedo en nombrar las cosas por su nombre; no le costaba nada presentarme a ese hombre en luto como la pareja, el esposo o el alma gemela de don Rafa. Llamarlo amigo, como si tal cosa, le arranca hasta el derecho del luto por su amado difunto.

Salí de ahí y vi el periódico del día en el asiento del acompañante de mi carro, que dejó mi esposa allí luego de que la dejé en la escuela con los pequeños para participar de una feria científica. El título me hizo apretar los dientes:

“Sala IV le da 18 meses a los diputados para regular matrimonio gay”.

Cabrones más pendejos, pensé. O como dicen mi amigos mexicanos: ¡qué hijos de la chingada!

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