CR-DÍA 25. El poder de uno, derechos y ciudadanía. Heidi Tule Venegas

El día en que las muchedumbres caminaron hacia el Muro de Berlin; el día que un estudiante se puso frente a los tanques que se dirigían a aplastar una manifestación pro-democracia en Beijing; el día en que Nelson Mandela dejó la cárcel, para inaugurar de esa forma el fin de Apartheid hacia la democracia en South Africa, ese día, se ponían en el centro del debate público cuestiones / problemáticas de identidad cívica, de derechos y de ciudadanía. Hoy, nos toca, seguir caminando hacia ese ideal completo de igualdad en derechos. Ese legado lo hemos recibido de la ilustración —iluminación— recogido en el reclamo por ciudadania de la Revolución Francesa (1789): libertad, igualdad, fraternidad. Tres postulados que en la actualidad constituyen el marco de los Derechos Humanos, mismos que sustentan a toda persona humana, son universales, indivisibles, inalienables e inherentes a todos y todas. De esos tres postulados hay uno que poco se ha estudiado o ha sido dejado de lado: la fraternidad. De tal forma, nos podríamos preguntar: qué es la fraternidad? En qué consiste? Y por qué ha sido relegada?

En los Estados Unidos, por ejemplo, la otra república revolucionaria, al principio se expresaba una tensión entre la empatía y la mutualidad, lo que Alexis de Tocqueville llamaba los hábitos del corazón. Tocqueville al visitar ese país en 1830 se sorprendió al ver la rica red de instituciones civiles (de mutualidad y empatía) versus el espíritu de competitividad e individualismo, que separa a los ciudadanos y ciudadanas las unas de las otras. (Tensión e in_balance todavía presente en los debates de ese país). Las virtudes civiles o sociales o del corazón (las virtudes del cuido, esto lo recoge el feminismo crítico contemporáneo con muy buena argumentación) sostienen lazos de reciprocidad y lealtad (de mutua ayuda, de mutuo socorro, cuido), con lo cual, el debate sobre la adecuada relación entre Libertad y Fraternidad sigue presente, particularmente, en nuestros contextos donde los derechos son siempre precarios, por ello, siempre en disputa.

Por tal, nos estamos moviendo, como nos lo dice Graham Murdock, desde prácticas relativamente simples hacia principios y prácticas de ciudadania mas complejos. En términos generales, podemos definir el derecho básico de la ciudadanía como el derecho a participar plenamente en la vida social con dignidad y sin temor y ayudar a formular esa idea de ciudadano / ciudadana que podría conformarse en el futuro.

De tal forma, las definiciones de los derechos específicos que tienen que garantizarse para suscribir este ideal no han permanecido estáticas. Los derechos se han extendido progresivamente a nuevas esferas de acción social y a nuevas agrupaciones sociales como los niños, y la naturaleza y la distribución de los recursos necesarios para hacerlos sustantivos en lugar de simplemente nominales, al igual que las formas de responsabilidad social que acompañan esos derechos.

La definición original surgió de los debates sobre la relación entre dos dominios sociales principales en la modernidad, el Estado y el gobierno, por un lado, y la sociedad civil, por el otro. Esto produjo reclamos en los dos grandes conjuntos de derechos. Los derechos en relación con el estado giran en torno al derecho a la protección del uso arbitrario de la fuerza por parte del estado y sus agencias (en detención sin rastro o tortura) u otros ciudadanos. Asegurar esta segunda condición alimentó la idea del Estado como un vigilante nocturno (un watchman), garantizando la seguridad personal a los ciudadanos a través de niveles apropiados de vigilancia policial y defensa militar, junto con prohibiciones contra el uso personal no autorizado de la fuerza.

En cuanto al conjunto de derechos que competen a la ciudadania (o sociedad civil) podrían conjuntarse bajo el concepto del Bien Común. Pero, como lo explica el profe Graham Murdock, esto plantea inmediatamente otro problema. Hace necesario crear un espacio cultural compartido que combine el respeto por las diferencias con el compromiso por desarrollar una concepción contemporánea viable del bien común. Lograr esto requiere el reconocimiento de las solidaridades y las separaciones, la renegociación de la comunidad y la diferencia. Depende de reunir diversas experiencias, identidades y posiciones en el mismo campo simbólico, explorar su interacción y equilibrar el reconocimiento y el respeto de las identidades particulares frente a la renovación de una cultura en común. Como ha argumentado Stuart Hall, en las condiciones actuales de fractura y fragmentación, es más necesario que nunca crear una cultura compartida que signifique que podemos existir en el mismo espacio sin comernos unos a otros.

*La imagen corresponde al final de la Marcha de los Gatos 26 de Set 2018 contra el nefasto Combo Fiscal 20580, San José CR

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