CR. Alzheimer. Sergio Erick Ardón Ramírez

Carlos Luis Ardón Alpízar hombre vital y jovial, “Carrucho” para todo el mundo fue mi padre. De haber sido eterno, hace pocos días habría cumplido los 104.
A partir de su cumpleaños 85 se nos fue, no porque muriera, que vivió hasta los 93, sino porque el Alzhamier le quito la vida útil. Pasó a ser por largos y penosos años una persona perdida, dependiente de ayuda hasta en lo más elemental.
El que se jactaba de no necesitar a nadie, de haber venido solo a este mundo, dejó de ser aquel autosuficiente aguerrido y pasó a ser un enfermo absolutamente dependiente.
Sin embargo, y por eso esta reflexión, los enfermos de este cruel padecer, en sus limitaciones tienen consciencia, aunque sea vaga, de las cosas, y reaccionan al abrazo, al apretón de manos, al beso, a la caricia. Necesitan y agradecen el sosiego, la distención, la tranquilidad. Aunque, cuando la enfermedad ya ha avanzado, parecen no reconocer a nadie, guardan en su escasa memoria una sensibilidad por la cercanía física con los suyos, una especie de intuición.
Esa fue nuestra experiencia. Terrible y dolorosa, pero tambien reconfortante y plena de reflexiones.
La vida es eso, alegrías y tristezas, siempre enseñanzas.

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