CR-ALAJUELA. Fantasía más, fantasía menos, así la vimos. Sergio Erick Ardón Ramírez

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Una semana atrás dimos una fugaz vuelta por el centro de Alajuela. La Alajuela de nuestra niñez y adolescencia. Hoy vamos a tratar de completar lo que comenzamos, tocando lo que a nuestro entender es lo más grueso, o por lo menos lo que más atraía nuestras miradas de niños aldeanos. Xinia y yo, con unos años de diferencia, tenemos en común que nacimos en los alrededores del Mercado Municipal, entre carretones tirados por pobres caballos y bandadas de zopilotes en batalla contra los perros que les disputaban los deshechos. Ella a pocos pasos, yo a cien varas largas al sur. Mis recuerdos son un poco más remotos, los de ella, se acercan a apenas ayer, pero hemos encontrado que se completan y complementan. Los dos conocimos las estaciones de ferrocarril, la del Atlántico casi a la orilla de mi ventana, y la del Pacífico a apenas cien varas al oeste, de esta última salíamos en trenes eléctricos hacía Puntarenas casi todos los veranos. Y de la otra solo viajábamos a San José. Más allá era como ir a otro planeta. Cartago Turrialba, Siquirres, Limón, no entraban en nuestra área de influencia. Del Ochomogo en adelante todo era extraño y lejano. Esto que voy a contar de seguido, no puede tomarse como algo más que ignorancia y prejuicio acumulados. Los niños no podemos ser culpados. En la Estación al Atlántico llegaban diariamente los trenes a carbón de la Northern Railways Company, compañía inglesa, consesionaria desde tiempos de Tomás Guardia de esa ruta. Algunas veces bajaban del tren las gentes negras, que vestían de forma rara y hablaban una lengua desconocida. La curiosidad nos invadía y no pocas veces los seguiamos por las calles, y hubo quien se atreviera a tocarlos, para ver si el color tan oscuro se debía a algun tinte o a betún. Recordamos que la gente negra venida de Jamaica para trabajar en el ferrocarril y las nacientes plantaciones de banano, tenía impedimento para asentarse en el centro del país.
Al costado sur del mercado estaba la estación de cazadoras. Las cazadoras eran camiones convertidos en buses gracias a unas estructuras hechizas de maderas duras, que viajaban a la capital pasando por Heredia. Veinte kilómetros de múltiples paradas. Una hora duraba el recorrido. Al costado de esta estación de cazadoras estaban los chinos Acón, con su negocio donde se vendía y se compraba de todo, sin que mediaran preguntas, gallinas vivas o muertas, los Acón nunca entraban en detalles, la causa de la muerte de los animales no importaba. Al otro lado la soda y restaurante de Don Eladio Rosabal con sus soberbios catalanes y prusianos, que hacían nuestras delicias.
Al fondo estaba la fábrica de candelas de don Erasmo Herrera que tenía sendas ventanas posteriores que colindaban con el patio de mis abuelos. Horas nos pasábamos extasiados viendo el proceso de las muchas hebras de algodón circulando alrededor de una gran pila llena de parafina, en la que se hundian por un instante, para salir, y repetir una y otra vez la operación, hasta darle el grosor conveniente a las candelas.
Está fábrica, y la de kolas y siropes de don Manuel Quesada, abuelo de Xinia, situada al costado este del mercado, eran, junto a los aserraderos, situados una manzana al oeste, los avances industriales y tecnológicos más avanzados y sofisticados de la ciudad.
Esa Alajuela tan pintoresca y llena de vida, tambien veía, los días martes de todas las semanas, el paso madrugón de las carretas cargadas de dulce hacía el sesteo de don Pío Pol, asturiano, que regentaba la “Plaza del Dulce”. Igual que los lunes, y eso al norte de la ciudad, donde hoy está el Instituto de Alajuela, en corrales de madera y entre árboles de jocote, la “Plaza de Ganado”, donde se compraba y se vendía ganado, vacuno, porcino y caballar, de vez en cuando se colaba alguna cabra. Y tambien de vez en cuando, partidas de jinetes lazo en mano, cabalgaban por las calles del centro detrás de novillos escapados.
Linda y pintoresca ciudad esa Alajuela de nuestra niñez. ¿Quien lo puede negar?

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