CR. No fui al entierro. Max Porras

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Fue allá en la finca “El Cajón” de mi abuelo Bernardo Porras, escuché unos gritos y ví que Flora se abalanzaba hacía mí; yo tendría apenas unos 6 años y estaba bajo el árbol de guayaba— me encantaban— creí que ella jugaba conmigo como siempre, yo me reía, ella garrote en mano, y a toda velocidad apenas logró atinarle a una culebra “lora”, verde como las ramas del guayabo, que estaba muy cerca de mi cara.

FLORA fue la esposa de mi tío Oliverio, me decía que yo era su hijo mayor, siempre que hablábamos me lo recordaba, y aprovechaba para decirme: “Que hijo este mío, casí ni me visita”.
¡Se que me amaba!

Campesina, mujer valiente, trabajadora, madre y esposa abnegada. La mayor parte de su vida la vivió en fincas, le encantaba criar chompipes, “echar gallinas”, pero igual hacía un fogón de leña, que se fajaba ordeñando vacas o ir a arrearlas con el barro hasta la “espinilla”.

Hace poco le detectaron cáncer ya muy avanzado, solo una vez la fuí a ver hace unas dos semanas; se alegró de verme, no paró de contarme historias y no me soltó la mano.

Ayer la enterraron, yo no fuí al entierro.
Cómo iba a ir si nunca le correspondí como se lo merecía en vida, ya muerta para qué; preferí quedarme solo, recordar todos su cariños, atenciones y comidita deliciosa que me preparaba las pocas veces que la visite en los últimos años; y derramar muchas lágrimas de hijo malagradecido.
Además no hubiera podido soportar escuchar mi viejo tío decir:
“Que voy a hacer cuando abra los ojos y mi viejita no esté ahí”.

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