CR. El Ministro de Educación y la fiesta de Campbell: dos pretextos. Eval Araya Vega*

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Me preocupa que cada vez con mayor frecuencia, algunas personas de nuestra sociedad manifiestan una importante perdida de sentido analítico de acontecer nacional. Esto se traduce en seudoargumentos sobre cualquier cosa que, como tales, deviene en ligeros, superficiales y producto de la manipulación inescrupulosa, iniciada por algunos medios de comunicación colectiva perversos y la reproducción exponencial promovida por las redes sociales.

Por ejemplo, en días pasados me llamó mucho la atención que se hiciera una gran alharaca porque se pintaron algunas paredes de unos templos católicos y, en esa misma semana, hubo 4 femicidios sobre los que se dijo nada o muy poco. Es decir y como lo dije en clase: parece que importan más las paredes de una edificación que 4 “viejas” asesinadas.

Un proceder análogo se evidenció con motivo de la destitución del Magistrado Celso Gamboa, cuando, al día siguiente (11 de abril) el titular de la portada de unos de los diarios más “influyentes” recurrió a la típica falacia de énfasis gráfico e indicó : Estado cuida hijos a miles de madres que están en su casa. Solo en un recuadro muy pequeño se hizo alusión al caso Gamboa, por lo demás en forma ambigua. Como era de suponer, el eco en las redes privilegió el tema de esas “viejas” que pasan es casa y explotan al estado, el otro tema fue secundario.

Así podríamos referir múltiples ejemplos, pero concluyo refiriéndome a las noticias estrella de la semana recién concluida: por un lado, el caso del ateísmo del Ministro de Educación y, por otro, la fiesta de la Vicepresidenta de la República.

Con una pequeña parte de un video, sacada de contexto, se muestra al Ministro diciéndose ateo y, a partir de ello, refiriéndose al respeto para la diferencia. Solo importó su ateísmo, no el simbolismo que evidencia iniciar la gestión ministerial en una escuela marginal; tampoco, la importancia del respeto, de la empatía y de la tolerancia; tampoco la gestión horizontal más que evidente; tampoco que las palabras del Ministro se mostraron fuera de contexto; tampoco la falta de confidencialidad de una reunión que ciertamente no era pública; etc. etc.

Lo mismo con la fiesta de Campbell que: fue privada; no tuvo costas para el Estado; no mediaron regalías que violentaran ley alguna; etc. etc., pero nada de esto importa cuando se trata de promover desconfianza y antagonismo con el gobierno.

Que los medios de comunicación recurran a esos procederes no es de extrañar, nos tienen acostumbrados a una forma constante de manipular la opinión y de inventar un mundo que ciertamente no existe tal cual, mundo basado en una supuesta perversión generalizada, en la competencia de todos contra todos, en una supuesta ley de la selva, en la corrupción antropológica total; etc. Lo que no es aceptable es que tan falaz y mal intencionada forma de manipulación sea prolongada por sectores importantes de nuestra población.

Desde mi perspectiva esto evidencia al menos dos características de nuestra sociedad: sus notas farisaicas y esquizoides. Es decir, dos niveles problemáticos: uno ético, por eso lo de farisaicas; el otro patológico mental, por eso esquizoide.

Poco importa la verdad, menos la justicia, tampoco la honorabilidad del otro, ni la objetividad; interesa saciar las carencias egológicas y, en el fondo, ontológicas. Como que la forma para sentirse alguien y ser tomado en cuenta radica en decir lo que sea y sin la menor prudencia, sin accionar crítico, sin análisis suficiente. Hay enajenación y, sin querer ser ingenuo, no es un proceder plenamente libre, porque media manipulación emocional e ideológica, también ignorancia; sin que esto exonere de responsabilidad al agente moral, que esto impedimentos deben ser vencibles para un ser humano racional y maduro.

Construir un mundo falso, basado en la sospecha y en la desconfianza, y promover la postverdad es, sin duda, un negocio basado en el desprestigio general del ser humano y de la institucionalidad toda. Así manoseado el mundo, resulta más fácil manejarlo a libre antojo, pasarle por encima a las normas y a las personas, jugar con las instituciones e incluso hacerlas cómplices de las fechorías ilusorias instituidas como verdades, por conveniencia de pocos y en perjuicio de muchos.

La educación humanística y crítica es un instrumento, la filosofía otro fundamental, sin duda, por medio de ellas encontraremos las claves para derrotar esa sociedad de verdades ocultas y de mentiras instituidas como verdades en un entramado de incertidumbre abrumador y de hipocresía ya insoportable. Pero en lo inmediato, cada personas tiene su poder: el poder de no prolongar el vicio, de no promover a nadie por imagen negativa y gratuita, y de no sublimar lo que no solo es intrascendente sino, muchas veces, inexistente.

*Eval Araya es profesor universitario.

*Compartido por Julia Ardón

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