CR. Al calor de sus manos y pese a la represión. Alvaro Rojas Valverde

GUARDO UNA GRAN ADMIRACIÓN por los comunistas que, posterior al golpe de Estado de 1948 trabajaron en la reconstrucción del Partido y de las organizaciones sociales. Al calor de sus manos, y pese a la represión de esos tiempos, fueron creándose Juntas Progresistas, Ligas Campesinas y sindicatos, especialmente en las bananeras del Sur. Estos compañeros andaban con 3 pesos en la bolsa, comían en los ranchos de algunos campesinos y dormían en la casa de una familia obrera que, arriesgando su empleo, les daba posada y la fraternidad que tanto necesitamos todos los seres humanos para seguir en la brega.
Muchas veces también dormían en los calabozos del famoso Resguardo Fiscal, que actuaba bajo las órdenes de la Yunai. Fue famoso el caso de una vez que detuvieron al Cabo Marchena en Ciudad Cortés, saliendo de unas diligencias judiciales, lo encarcelaron y fue acusado de portar una cantidad de marihuana en su maletín, misma que fue colocada ahí por la policía. Tan burda fue la maniobra que, cuando el asunto llegó a manos de un juez, este ordenó la libertad inmediata de Marchena. Recorrían las fincas a pie y, cuando mucho en bicicleta.
En esas duras condiciones se organizaron las huelgas de 1953, en que se consiguió el derecho a indemnización por accidentes, y donde fue asesinado el trabajador Eduardo Juárez, la de 1955, que consiguió importantes mejoras y la de diciembre de 1959- enero de 1960, en la que se logró el pago del aguinaldo a los obreros, que la Yunai venía escamoteando, amparada en su interpretación de que el contrato ley la eximía de esa obligación.
Los camaradas se reunían, clandestinamente, en Golfito. Esto por cuanto en esos años, los tiempos para ir y venir los marcaba el tren. A la luz de unos candiles discutían toda la noche, con pasión y en ocasiones con palabras duras. Indefectiblemente la reunión concluía cuando el tren sonaba el pito en la llamada “Estación del Uno” y tenían que salir disparados a tomarlo para las fincas, tanto del ramal de Esquinas, con sede en Piedras Blancas, como el de Palmar, con sede en Palmar Sur. De esos años quedó por ahí, colgada en la memoria del algún camarada que tuvo la gentileza de reproducirla, una anécdota del camarada José Solís Vega, conocido como Solisón. Un libro grueso y muy bueno se podría escribir sobre este extraordinario camarada, alto y delgado, coyundoso, moreno, nica y tico, que invariablemente lucía un chonete blanco. Tanto tiempo tenía de andar en la brega bananera que de él se cuenta que en la Huelga de 1934 Solisón se puso en camino con el encargo de asesinar a Carlos Luis Fallas donde quiera que lo encontrara. La Yunai había propagado la infamia de que Calufa había vendido la huelga y se había embarcado con destino de Estados Unidos, bien forrado de dinero. Cuando Solisón dio con Calufa, estaba en una hamaca, tiritando, comido por un ataque de paludismo. Lógicamente ahí comprendió Solís el engaño y muchas otras cosas.
Pues bien, resulta que en una de esas largas reuniones, apenas se oyó el pito del tren, y antes de que la gente pudiera levantarse de las sillas se oyó el vozarrón de Solisón diciendo: “Camaradas, por hoy tenemos que terminar, pero yo estaba hablando y quiero que conste en actas que quedo de primero en el uso de la palabra para la reunión dentro de 15 días”.
Tuve la oportunidad de conocer a casi todos estos camaradas, de escuchar sus historias, de nutrirme de sus experiencias, de conocer el local de Golfito donde se reunían. Tengo una imagen tan vívida de ellos que si fuera pintor podría producir un cuadro de una de esas famosas reuniones. La historia no sabe nada de estos hombres heroicos, en ella se recogen sólo las hazañas de la gente de arriba que, muchas veces, junto a algunas obras meritorias, también llenaron sus bolsillos con el dinero del pueblo.
Isaías Marchena Moraga, el emblemático “Cabo Marchena”, Carlos Luis Fallas, José Meléndez Ibarra, Anselmo Matarrita Fonseca, Jorge Conejo Peñaranda, Domingo Rojas Villarreal, Modesto Ruiz, Alvaro Montero Vega, y “Charro Negro”, un compañero nicaragüense de quien nunca pude averiguar el nombre, fueron parte de ese batallón heroico que nunca debemos olvidar.
Isaías Marchena Moraga, el emblemático “Cabo Marchena”, José Meléndez Ibarra, Anselmo Matarrita Fonseca, Jorge Conejo Peñaranda, Domingo Rojas Villarreal, Modesto Ruiz, Alvaro Montero Vega, y “Charro Negro”, un compañero nicaragüense de quien nunca pude averiguar el nombre, fueron parte de ese batallón heroico que nunca debemos olvidar. (En la foto, de izquierda a derecha, primero, Isaías Marchena Moraga, tercero, José Solís Vega (Solisón) y último, Domingo Rojas Villarreal.)

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