COSTA RICA. ¿Qué nos pasó? Por Tatiana Lobo

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¿Qué nos pasó? decía, en grandes letras estupefactas, la portada del Semanario Universidad en su edición del 7 de febrero de este año. Mi respuesta espontánea fue: pasó que no somos como creíamos que éramos. La confusión de las/los votantes, derivada del hastío por la corrupta clase política, sugiere que algo afloró, algo que ya estaba ahí, soterrado bajo una capa de formalidades, de buenos modales, bajo la apariencia de tolerancia y costumbres pacíficas. De las urnas, esta vez, salieron votos rabiosos y vengativos.
Paradojalmente, el detonante para esta irritación contra un proceso que cada cuatro años produce la misma desilusión, fueron los derechos humanos. En un país sin ejército ni golpes de estado, donde a nadie se le encarcela por sus ideas, donde no hay desaparecidos, donde el racismo y la xenofobia existen pero en sus formas menos brutales, pasar de la sonrisa tolerante ante las particularidades del prójimo a la dentellada feroz, merece una reflexión a fondo. (En Costa Rica no existen los delitos de odio como si aquí el odio no existiera). Por su parte la sexualidad, su educación y sus diferencias, pasaron de ser malos chistes de cantina a crear un estrés social sin precedentes, simplemente porque el MEP tuvo la buena idea de instruir a la adolescencia para evitar los males que conlleva la ignorancia. Pero donde la confusión valórica ha sido más llamativa, me parece, está en las ofensas dirigidas a La Negrita, por tratarse de una figura emblemática de la identidad nacional, de eso que llaman “el ser costarricense”, sin que estas ofensas hayan afectado mayormente a la Conferencia Episcopal ni a la intención de voto de las y los católicos.
Este comportamiento insólito y contradictorio sugiere que estamos ante un ataque muy bien diseñado para desestabilizar y dividir a la ciudadanía. Las dictaduras suelen favorecer esta misma división solo que aquí no sería un golpe militar (porque no tenemos militares) sino un golpe mental, para llamarlo de alguna manera. Es difícil ver con claridad la turbulencia de este cambio cultural tan repentino y agresivo. Puede ser una sola la causa o pueden ser muchas. Pero las consecuencias señalan una sola dirección: ya no será posible retroceder y volver al país de los folletos de turismo. Esto que parece ser un punto de inflexión sin vuelta atrás nos aleja de manera definitiva de la tranquilizadora imagen bucólica de un país que se creyó excepcional y que de pronto saltó a las noticias mundiales no por su mares y sus volcanes, sino porque lo que es un drama interno el mundo lo vio como un suceso ridículo.
El ridículo… La humillación a los sentimientos nacionalistas es muy peligrosa, estos suelen consolarse con el fanatismo como sucedió con el ascenso nazi después de la derrota de Alemania en la primera guerra mundial. El fanatismo es imposible sin fe ciega e incondicional. La fe anestesia la conciencia crítica, legitima la pereza mental y le ahorra, a la persona, el compromiso de hacerse responsable de sus decisiones. Por eso la fe, que solo exige obediencia, es tan fácil de propagar. Hasta se puede deslizar en las urnas por control remoto con ayuda de los medios y de un candidato inédito y novedoso que acompañado de un cuestionable halo místico pretende dispensar a la/el votante de sus deberes que son buscar información, conocer los programas de gobierno, analizar, comparar y reflexionar. Como sabemos, la renuncia al voto consciente es muy cara y tiene un precio muy alto para la ciudadanía. De modo que si queremos salvar nuestra precaria y temblorosa democracia -a punto de escurrirse detrás de las cortinas en los centros de votación- no tenemos más remedio que pensarlo muy bien.
El país que creíamos protegido dentro de una burbuja, puso pie a tierra y pasó a formar parte de un planeta cada vez más estrecho y más convulso. ¡Se acabó “la isla que somos”! Y eso es lo positivo de este aterrizaje de culo en el mundo real. Ya no hay evasión posible.u

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