CR-ALAJUELA-CARRIZAL. Para no ninguniar. Por Jenny Torres

Hace tres días, al salir de casa y pasar por el campo ferial, vi a tres taciturnos y cabizbajos varones, sentados bajo un fuerte sol. De manera algo tímida, uno de ellos me saludó a lo lejos. Me devolví y les pregunté si son los trabajadores que operan los juegos mecánicos, a lo cual uno respondió de manera afirmativa.
Les ofrecí obsequiar café o en su defecto, prestarles un percolador durante el tiempo que permanecieran en las fiestas.
Ante su mirada de sorpresa, les expliqué que sentía gran cariño hacia ellos debido a que tanto como cuando yo era niña o inclusive algunos de mis hijos eran pequeños, algunos de ellos permitían que los niños más humildes y que permanecían horas observando a los demás, disfrutaran de manera gratis de las atracciones.
Se sorprendieron un poco y uno de ellos, moreno, muy delgado y con una cicatriz de quemadura en la mitad de la cara, habló por los demás:
– Muchas gracias señora, lo tendremos en cuenta, muy amable.
Los otros dos comenzaron a decir:
-¡Vamos ya!
El moreno los aplacó y volvió a darme las gracias.
Me despedí de ellos y ayer en la noche, de regreso a casa y con una fuerte migraña, pasé a comprar al “mini super” una aspirina.
Llevaba yo una pesada bolsa que cargaba desde San José, cuando reconocí al hombre moreno en la caja, también pagando algo.
Mientras, yo saludaba a varios clientes y hablaba algo con mi propio hijo que labora en el lugar cuando ya al pagar, el moreno, quien me dijo llamarse Jean Paul, me preguntó si podía esperar para acompañarme hasta la casa.
Respondí de manera afirmativa y Jean Paul, se ofreció a llevar mis bolsas.
De camino, le pregunté por qué no habían ido a llevarse el percolador o a tomar café. A lo cual contestó:

– ¡Ni se imagina señora! Ese día en que usted nos lo dijo, teníamos ya dos días de no haber comido nada porque los jefes se olvidaron de enviarnos alimentos o a las personas que nos cocinan.
– Pero…¿por qué no fueron a tomar al menos el café que les ofrecí?
– Todos los demás querían ir pero yo no lo permití porque los conozco y sé que muy posiblemente, habrían abusado de su generosidad.
– No habría sido un abuso, yo se los estaba ofreciendo con mucho gusto.
– Créame señora, yo conozco a mis compañeros.
– Está bien, le agradezco mucho que me cuidara de esa forma.
– Con mucho gusto, ya desde ayer tenemos comida. Yo soy el que opera aquella máquina de allá (señalando una mini montaña rusa), puede venir a usarla cuando quiera.

Aprovechó para contarme que después de nuestro pueblo, tienen que apurarse a desarmar todo para ir a una feria en Panamá.
Me dejó en el portón de la casa y nos despedimos con un fuerte apretón de manos.
Admiré la nobleza de sus sentimientos y la inmensa dignidad que solo la gente buena, humilde y que ha sufrido grandes injusticias, lleva consigo a donde sea que se dirijan.
No pude evitar pensar en cómo precisamente las personas con ese tipo de actitudes y comportamientos, pasan desapercibidas, ninguneadas y jamás acceden, buscan u optan por participar en política o puestos de elección popular. Y cómo por más que gran parte de la sociedad se encargue de invisibilizarlos, se resisten a desaparecer.

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